Libertad para Macanear

Por Matias Castro

Es sabido que los seres humanos (y también el resto de los animales) valoramos, en mayor y menos medida, ciertos grados de libertad individual. No estamos a gusto con que siempre se nos imponga que ropa usar, que libro leer y menos aún que pensar. Disfrutamos de cierta autonomía a la hora de, por ejemplo, hacer investigación científica o arte. Es cierto que la ciencia y la técnica pueden progresar en entorno cerrados, con nula crítica exterior y comandada desde arriba. La técnica bélica, es decir, la creación de artefactos para matar en cantidades industriales creció considerablemente durante el período de hermetismo de la URSS. Pero es importante entender que las grandes teorías que soportan esas técnicas (el descubrimiento de la estructura del átomo entre otros) sólo son posibles en las sociedades abiertas que pregonaba Karl Popper. La falta de libertad, incluso, puede enfermar. En el ya clásico estudio Whitehall que se llevó a cabo en Inglaterra, entre otros muy interesantes descubrimientos, se llegó a relacionar la falta de autonomía laboral (entendida como, por ejemplo, la imposibilidad de tomar decisiones que afecten el trabajo propio) con una tasa de mortalidad más alta que las de quienes sí toman decisiones. Por contraintuitivo que se presente, es preferible poder decidir y tener la presión de hacerlo que ser un sirviente: la subordinación enferma.
La expresión política de la libertad, es el movimiento liberal. Y más específicamente, el liberalismo: un sistema filosófico, económico y social fundado en la libertad. El Estado de Derecho, la división de poderes, la democracia representativa, un ordenamiento constitucional, el Estado laico, la oposición al despotismo y el fascismo entre otros son atribuibles, o al menos concordantes, con la filosofía liberal. La Revolución Francesa es en gran parte una revolución liberal, que nació por oposición a las monarquías. Desde el S. XVIII las democracias liberales son el sistema de ordenamiento socio económico y jurídico predominante en occidente. No es menester de este pequeño artículo debatir las innumerables controversias alrededor de la filosofía liberal. Las hay y son muchas y algunas muy bien fundadas: existen flancos flacos tanto en la filosofía como en la economía que se desprenden del ideario liberal. El liberalismo es una corriente filosofía contemporánea, fértil, y vastísima. Tarea titánica sería hacerles justica a todas las críticas que le son atribuibles como así también a sus aportes valiosos. En todo caso, vale aclarar que la libertad no es un bien en sí mismo. La libertad no es deseable por sí misma. Lo es, en tanto ayude al desarrollo de sociedades más justas, igualitarias, saludables y productivas. En la inmensa jungla de interpretaciones sobre el liberalismo, la que nos compete en este artículo es una que destaca por no colaborar a tener un mundo más humanista.

El filósofo y físico argentino Mario Bunge expresó alguna vez que ‘en toda ciencia, hay bolsas de pseudociencia’. En este caso, en toda filosofía (o cosmovisión) hay bolsas de pseudofilosofías y cosmovisiones abiertamente pseudocientíficas y peligrosas. El liberalismo no escapa de esto. La expresión más radical del liberalismo se conoce como libertarismo o liberalismo libertario (también se utiliza la expresión en espanglish libertarianismo, del inglés libertarianism). El libertarismo es polisémico, es decir, tiene varios significados. Existe el libertarismo de izquierdas y de derechas. Existe el libertarismo colectivista e individualista. Algunos anarquistas socialistas se han denominado libertarios como Noam Chomksy y algunos liberales, como Leonard Read, se han llamado libertarios también para diferenciarse de los liberales clásicos. En este caso, nos referimos a los libertarios individualistas, aquellos en favor de la propiedad privada irrestricta y la filosofía individualista. En esta galería encontraremos libertarios capitalistas y anarco capitalistas. Argüiré brevemente en este artículo que el libertarismo de derechas presenta varios aspectos condenables y rechazables: desde la inmoralidad hasta la pseudociencia.

Al igual que el liberalismo, el libertarismo se presenta en muchas formas y colores. Me limitaré a señalar sólo algunos ejemplos y presentar sólo a algunos personajes detrás de esta filosofía. Uno de los principios básicos y fundacionales del libertarismo es lo que se denomina principio de no agresión (PNA). El PNA establece que la libertad de una persona para disponer de su cuerpo y de su propiedad privada del modo en que estime oportuno debe de ser ilimitada, siempre y cuando esa persona no ejerza coerción sobre otras personas. Los libertarios definen ‘coacción’ como el uso de fuerza física, la amenaza de usarla o el fraude, que altere o pretenda alterar el modo en el que un individuo vaya a usar su cuerpo o propiedad. El PNA presenta algunos problemas lógicos y prácticos. Primero, tiene una característica propia de la pseudociencia (o, mejor dicho, el pensamiento mágico en general) que es su aparente capacidad totalizadora. Este breve principio debería dar respuesta a casi todo: ¿leyes de distribución de la riqueza o salarios mínimos? Coerción, por lo tanto debe rechazarse. ¿Leyes anti discriminación? Igual suerte, es coerción. La ‘seguridad’ que proporciona este principio desincentiva a los libertarios a estudiar más en profundidad estás cuestiones. No hay necesidad de recurrir a la sociología, la economía empírica o la historia. Todo proceder se desprende lógicamente del PNA.

El PNA establece que es absolutamente indeseable algún tipo de coerción. Por ejemplo, bajo el régimen del PNA prácticamente cualquier tipo de contaminación debería ser prohibida ya que conflictua con la libertad del prójimo. Sin importar que tan crucial o indispensable haya sido (y es aún) algún tipo de contaminación (la industrial, por ejemplo) debería ser prohibida. Siguiendo esta línea de pensamiento, tampoco sería permisible provocar pequeñas agresiones para lograr grandes beneficios. Un libertario no debería estar a favor de la vacunación masiva obligatoria, por más que la misma pueda erradicar enfermedades. Es más, algunos lobbys estadounidenses de libertarios conservadores son parte del lamentablemente grupo de anti-vacunas, pero sobre esto nos despacharemos luego. Existe también una actitud de todo-o-nada respecto al riesgo. El reconocido economista liberal Milton Friedman propuso un ejemplo ilustrativo: una cosa es disparar un arma contra alguien (violaría el PNA) pero otra es correr el riesgo de disparar (usando un arma de seis disparos con sólo una bala) y esto último no violaría el PNA. Podríamos incluso conducir ebrios por la carretera, ya que prohibirlo violaría el PNA, y correr el altísimo riesgo de asesinar a alguien o a nosotros mismos. Insultar o denigrar a alguien privada o públicamente podría no violar el PNA, pero atacar físicamente a quien perpetra la calumnia sí. Pretender que lo correcto y lo esperable de alguien que es insultado sea la pasividad sólo demuestra la profunda ignorancia sobre el ser humano que subyace al PNA. Uno de los expositores más reconocidos del PNA es Murray Rothband, quien realizó un gigante reductio ad absurdum (reducción al absurdo o demostración por el absurdo) en forma de libro en su Ética de la libertad. Entre otras cosas, podemos leer que Rothband entiende como éticamente aceptable y moralmente justificado que los padres dejen morir de hambre a sus hijos (o a cualquier persona) ya que obligarlos a alimentarlos sería una violación del PNA. También intenta argumentar porque sería aceptable que exista un mercado sexual de niños: ellos deberían ser libres para vender su cuerpo, nadie puede prohibir el libre comercio de nadie. Asimismo, un padre podría vender a un hijo no-nato al mejor postor. Un niño podría decidir irse de su casa y venderse a cualquier padre adoptivo. Aquellos que ejercen posiciones dominantes de poder, es decir, aquellos que tienen las mejores chances de influir en el comportamiento de sus pares, tendrían un abanico muy grande de acciones éticamente reprochables para llevar a cabo. Y bajó el PNA, todas estas son aceptables: discriminación, trabajo inhumano, muerte por hambruna, mercado de niños, mercado sexual de menores de edad, asesinato por omisión, etc. ya que estos libertarios pueden darse el lujo de prescindir de cualquier entendimiento científico sobre lo social: tienen su pequeño manojo de reglas que solucionan cualquier dilema. Ejercer violencia sobre alguien está mal en muchas ocasiones, pero no es lo único que está mal. En resumen, el PNA es una visión simplista, reduccionista, irracional y antihumanista del mundo. Afortunadamente, la versión más radical y brutal del PNA no es aceptada universalmente por los libertarios.

Y con justas razones.
Desafortunadamente, el macaneo libertario no se limita a la esfera del análisis ético. El libertarismo también presenta en su prontuario pseudociencia hecha y derecha. Dentro de la epistemología económica libertaria, existe una escuela de pensamiento económico llamada austríaca. Cuenta entre sus filas con nombres reconocidos como Carl Menger y otros no tanto como Walter Block, de quien hablaremos más adelante. La Escuela Austríaca (EA) nace a principios del SXX en Vienna. Fue contemporánea de otro gran charlatán, quizás más conocido en nuestro país: Sigmund Freud. La EA también se la conoce con el nombre de Escuela Psicológica y algunos autores (Riesmann, Rieff) atribuyen a la EA una influencia de las teorías pseudocientíficas de Freud. Como veremos más adelante, los economistas austríacos parecen desconocer o ignorar voluntariamente los aportes de la psicología científica actual (por ejemplo en la forma de sesgos cognitivos, como veremos más adelante en relación a su modelización del agente económico racional). De todas maneras, intentaré exponer que la EA es pseudociencia por sus propios medios.

El método de análisis de la EA se llama praxeología. La praxeología es la aplicación de pensamiento deductivo (lógico) a una serie de axiomas de las cuales se derivan las conclusiones. La praxeología es, metodológicamente, una forma de individualismo epistemológico. El problema radica, por supuesto, en la exposición de estos axiomas. Uno de sus axiomas básicos, aunque no sea reconocido, es la asunción de que el agente económico es siempre racional. Pero la EA entiende a la racionalidad de manera subjetiva: si yo decido que salir del cuarto piso por la ventana es racional, lo es para mí pero no para usted. Si usted usa el ascensor ambos estamos siendo racionales pero mis medios y objetivos difieren de los suyos (es decir, una definición infalsable). Su homo agens no es otra cosa que el antiguo homo œconomicus — un modelo desactualizado sobre el accionar, supuestamente racional, de los agentes económicos. Refutado experimentalmente en varias ocasiones, siendo famoso el experimento de Zurich de Ernst Fehr y Urs Fischbacher o el ‘juego del ultimatum’ en economía corportamental. Es decir, toda acción es individual y racional, y sus resultados necesariamente lógicos. De aquí nace su idea de axiomas a priori independientes de la experiencia: ¿para qué molestarse en investigar si ya sabemos, apriorísticamente, que todo humano es un agente racional y subjetivo que acomoda medios a fines? El objetivo que perseguía la EA era noble, conseguir una teoría económica pura que sean tan ‘general y abstracta’ como la matemática. Ludwig von Mises afirma: “Los teoremas obtenidos mediante un razonamiento praxeológico correcto no sólo son perfectamente ciertos e indiscutibles, como los teoremas matemáticos correctos. Se refieren, por lo demás con la total rigidez de su certeza e indiscutibilidad apodícticas, a la realidad de la acción tal como se manifiesta en la vida y la historia. La praxiología transmite un conocimiento exacto y preciso de cosas reales” pero lo cierto es que, por ejemplo, la geometría matemática de Euclídes no es exactamente igual que la geometría física (cuando se interpretan rayos de luz como líneas y las superficies como límites de cuerpos). Hay geometrías conceptuales que se refieren a puntos, líneas, ángulos, etc. y otras que se refieren a relaciones espacio-temporales, a relaciones entre cosas físicas y no sólo a ficciones u objetos conceptuales. La primera sólo requiere procedimientos conceptuales y la segunda, al referirse al mundo material, exige mediciones. Por lo tanto, si una teoría o hipótesis se refiere a elementos fácticos, es mandatorio esforzarse para corroborarlas empíricamente: es una regla básica del método científico. La corroboración empírica, directa o indirecta, cuando es posible, no sólo es deseable sino que un indicador de que estamos ante una ciencia (o cuasiciencia o protociencia) y no una pseudociencia (a menos que hablemos de ciencia formales, que se refieren a objetos ideales sin existencia material y da la casualidad de que las personas son materiales). La economía es una ciencia fáctica, no una ciencia formal, puramante apriorística, como la lógica.
El profesor Walter Block es un ejemplo más reciente del legado de la EA. En una conferencia se lo puede escuchar decir frases abiertamente anticientíficas como ‘si el test muestra que el axioma está mal, hay algo mal en el test’. Block cuenta una anécdota de cuando él era un pequeño estudiante postdoctoral de economía todavía sin haber conocido la luz de la Escuela Austriaca. “Lo que quería mostrar es que si se tiene control de alquileres, se arruina el alojamiento”. Entonces quería mostrar que había una correlación estadísticamente significativa entre índices de mal alojamiento (abandonamiento, mala calidad de vivienda, etc.) y el control de alquileres. “Y la mayoría de las veces obtenía el signo correcto en mis observaciones”. A esta altura uno nota que el lenguaje de este señor no es el lenguaje de la ciencia. Uno no tiene que ‘intentar probar’ algo, tiene que analizar si es que algo pasa o no. El científico debe buscar la verdad en los datos, no que los datos le digan lo que él quiere probar. Y tampoco podés decir que obtenés ‘el signo correcto’. Los resultados son los que dan los datos y luego se analizará sus causas e interpretaciones. Pero Block sigue: “Sin embargo cada tanto conseguía el signo equivocado, es decir, que a más control de alquileres, mejor viviendas”. Entonces, en vez de analizar por qué le había dado un resultado inesperado y aprender de eso su director le dice “Hacelo de nuevo hasta que te salga bien”. Lejos de criticar esta actitud como anticientífica, Block la señala como el método de los Austriacos. “Es una falacia decir que los austriacos estamos en contra de la investigación empírica, la diferencia es la interpretación que hacemos de ella. Lo que nosotros hacemos es ilustrar verdades axiomáticas en economía”. Los austriacos llegan a la conclusión que les gusta y luego torturarán los datos hasta que éstos les digan lo que ellos ya creen saber. Ese es el accionar de la pseudociencia; ¡es un caso de libro y Walter Block nos lo dice como si fuera una virtud! Un comapañero del Círculo Escéptico Argentino ilustro perfectamente está actitud una genial analogía, me comentó:

 

Imagínense si Galileo hubiera seguido la escuela Austriaca. “Oh, mirando a través de este ‘telescopio’ veo que la Luna tiene protuberancias e imperfecciones. Pero esto es imposible ya la lógica aristotélica dice claramente que todos los cuerpos celestes son esferas perfectas. Este ‘telescopio’ no puede confirmar mis ideas preconcebidas, no debe sirve para nada.”

 

Los partidarios de la EA rechazan el método científico (al no investigar, sino deducir. Al rechazar la estadística y la experiencia previa, etc.) Para la formulación de sus axiomas y teorías. Como así también la modelización matemática, provocando un dejá vu de las paradójas de Zenón en las cuales una tortuga vencía en una carrera a Aquiles, el de los pies ligeros. Al no aceptar la contrastación empírica, los axiomas y las teorías de la EA se escudan de la crítica. Siguiendo a Von Mises, quién especificó que los axiomas no se deriva de la experiencia y que por lo tanto no están sujetos a la falsificación en el campo de la experiencia y los hechos, pudimos analizar las fallas de la praxeología incluso dentro del campo de la lógica. De todas maneras, la EA de la mano de Menger tuvo aportes interesantes. Quizás el más significativo es la introducción de la utilidad marginal (rompiendo con la tradición de la teoría clásica del equilibrio). Pero Menger no fue, estrictamente, el autor original. William Jevons y Marie-Esprit-Léon Walras publicaron o bien antes o bien contemporaneámente a Menger (y, aparte, lo explicaron mucho mejor; científicamente). Otro aporte original de la EA fue la teoría del ciclo económico, por parte de Hayek y Von Mises, que fue posteriormente revisada y refutada por un economista liberal: Milton Friedman.

 

Lamentablemente, este no fue el único coqueteo del libertarismo con la pseudociencia. En Argentina, uno de los exponentes más reconocidos del liberal libertarianismo es el Partido Liberal Libertario (PLL o PL). Un partido de la Capital Federal, que desempeño pobremente en las únicas elecciones a las que se presentó, con el slogan ‘Derechos individuales; mercados libres; no agresión’. El primer candidato, y uno de los voceros, del PL es Gonzalo Blousson. Blousson se manifestó a favor de la ‘educación alternativa’. El lector avispado sabrá interpretar perfectamente qué significa ‘alternativa’ en este contexto. Blousson declaró que deberían existir las escuelas o instituciones de educación del tipo Pedagogía 3000, Montessori, Killpatrik, Escuela Waldorf. Excede a la intención de este artículo criticar estas ‘alternativas’ educativas, pero para quien las desconozca, son metodologías new age pseudocientíficas de pedagogía sin ningún fundamento científico. La pedagogía Waldorf, por ejemplo, fue fundada por un esoterista: Rudolf Steiner. Que tiene a su secueaz argentino; el niño índigo Matías Di Stefano. No sólo en Argentina se manifiesta el dilema de abrazar la libertad, abrazar la pseudociencia. En la tierra de la libertad, Estados Unidos, en pleno SXXI aún se debate si se debería o no enseñar creacionismo en los colegios. Más allá que esto puede atribuirse a los lobbys conservadores, se desprende de lo que expuesto hasta aquí que en una sociedad libertaria las escuelas privadas tendrían todo el derecho del mundo de enseñar pseudociencia y con metodología pseudocientífica. Si algún día me vuelvo libertario, recuerdenmé fundar la Facultad de Pseudociencias: sin laboratorios, ni investigación, ni profesores acreditados, ni planes de estudo científicos, ni pedagogía basada en evidecia, ni mecanismos de evaluación… pero con total libertad.

 

Los libertarios también han enarbolado alto la bandera de la anticiencia al abrazar el negacionismo del cambio climático antropocéntrico (en el peor de los casos, simplemente negaran el cambio climático/calentamiento global en su totalidad o sostendrán que es ‘natural e inofensivo’). El consenso científico actual es que el calentamiento existe, que es causado en buena medida por la

actividad humana y que tiene y tendrá consecuencias graves si no se modera. Así lo creen al menos más del 90% de los científicos climáticos del mundo. Varios think tanks libertarios estadounidenses, con cuantiosas sumas de dinero de las empresas, llevan adelante una cruzada contra la ciencia. Pero no sólo los incentivan los billetes, sino que se trata de un caso grave de disonancia cognitiva. Se trata de que los promulgadores del libertarismo acepten que la intervención estatal puede ser una salida efectiva al problema del cambio climático. Eso sería inaceptable para el núcleo de la filosofía libertaria. Los propagandistas libertarios del negacionismo son bien conocidos; entre ellos sobresalen la Heritage Foundation, el Cato Institute, el Competitive Enterprise Institute y el Heartland Institute. Por ejemplo, en 1988, Patrick Michaels del Cato Institute, presentó de forma distorsionada los estudios de un climatológo, James Hansen, durante el debate por el protocolo de Kyoto. Michaels eliminó proyecciones de Hansen en relación a la gravedad del cambio climático para hacerlo ver como un alarmista. Desafortunadamente, las predicciones ‘alarmistas’ de Hansen resultaron ser sorprendentemente certeras. En 2012, Michaels volvió a la carga haciendo un cherry picking (cosecha de cerezas, se comete esta falacia al elegir sólo los estudios que refuerzan la posición propia) en una fallida refutación a un informe de la Agencia de Protección Ambiental (EPA). Un ejemplo más: el NIPCC (Nongovernmental International Panel on Climate Change) es la contrapartida no gubernamental del IPCC (organización mundial de científicos del clima). No tiene afiliación gubernamental, pero el NIPCC está financiado por el Heartland Institute, que describe su misión como la de “descubrir, desarrollar y promover soluciones de libre mercado a problemas sociales y económicos”, es a su vez financiado por cuantiosas donaciones de la petrolera ExxonMobil (la mayor de las empresas que contribuyen a la causa negacionista, por lejos) y de fundaciones privadas sin fines de lucro, como la Seid Foundation, la Bradley Foundation y la Walton Family Foundation, todas ellas fundadas por individuos con tendencias libertarias y antiestatistas, y contribuyentes habituales de causas que van desde la eliminación de controles a las emisiones contaminantes de las fábricas hasta la abolición de las escuelas públicas. Los reportes del NIPCC por lo general son sesgados y con datos o argumentos ya refutados. Pero al ser asistidos económicamente, logran producir investigaciones y llegar al público. ¿Tendrán la misma suerte en el campo de la revisión por pares abierta?

 

Claro está que en este artículo no puede hacerse justicia a todo lo que puede decirse sobre el libertarismo. Pero la intención del artículo es echar un poco de luz sobre la mula que esconde el liberalismo, que como se expresó antes, es una filosofía mucho más rica que su contrapartida. En términos generales, es importante entender que las ansías de defender la libertad no es una excusa para comportarse como un idiota, un racista, un psicopáta o un pseudocientífico. En resumidas cuentas, la libertad para macanear no es una libertad deseable ni respetable. Sostengo que, al menos en lo expuesto aquí, el libertarismo no es una cosmovisión actual, concordante con el corpus científico y la filosofía humanista, sino una expresión brutalista y deficiente del liberalismo clásico.

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